viernes, 16 de agosto de 2013

Dios aprieta, pero no ahoga...



Dios aprieta pero no ahoga, se decía, pero eso era antes de que Aristófanes se encargara de desvelar que los Dioses tan utilizados por Eurípides en sus tragedias didácticas no eran otra cosa que recursos literarios legítimos para hacer que las tramas complicadas de la vida adquirieran sentido y las gentes no se tiraran directamente del Taigetos, y pensaran que había algún designio superior a ellos que en última instancia les podría sacar de sus miserables vidas. Entonces los dioses hasta eran útiles, con sus apremios y sus perdones.
Cumbre Mytikas, Olimpo de los dioses...

Lo malo vino cuando los literatos (Moises, Jesus-Evangelistas, Mahoma, Lutero; táchese lo que no proceda) devinieron en guardianes de la fe y obligaron al personal a cumplir escrupulosamente unas obligaciones en muchos casos absurdas. Imaginad por un momento lo insoportable que sería que tuviéramos que asistir todos, manu militari, cada semana a escuchar las interminables historias de Homero y sus criaturas, una y otra vez, hasta que nos aprendiéramos el nombre de la última ninfa... Cada vez estoy más convencido de una cosa: Los politeísmos cayeron en desgracia frente a las religiones monoteistas porque no había dios que se aprendiera tantos nombres (de dioses) por su orden. De modo que la cosa se quedó, en esta parte del mundo que llamamos “Mediterráneo”, en unas religiones algo adulteradas porque no dan el juego que exige la desbordante imaginación de los hombres (aunque lo intentan): Un sólo dios aunque sin consenso para las cosas de los cielos pero con un consenso notable en lo relativo a “otro” dios, antiquísimo también, para las cosas del mundo, que no es otro que mi tan preciado Mammon (Habría que estudiar, amigos, si no tiene que ver también con el Ammon que buscara Alejandro...), el dios del oro y de las riquezas, al que todos los fervientes cofrades del monoteísmo trino (no menciono a los tres dioses porque está mal visto) adoran por igual. De ahí que se maten entre ellos.
Mammon, dios de las riquezas.

Dios aprieta pero no ahoga, decían antes. Ahora, los adoradores de Mammon, sobre todo en esta parte de la Hispania que mejor conozco, adoradores como todos los que ya están en nómina de las empresas de “utilidades” (agua, gas, electricidad, carburantes) y los que están en lista de espera, tipo Soria y sus déficit de tarifa (¡?) no tienen empacho en ahogar por completo a los conciudadanos, usando agua, electricidad, combustibles, atarjeas o saneamientos, para convertir en negocios prósperos lo que debieran ser servicios públicos esenciales para una vida mejor y más productiva. Ya se encargarían los impuestos de llevarse la parte del Estado... Pero no. Quieren el santo y la limosna, de modo que a falta de IVA, buenas son las tarifas, para esquilmar a la población hasta asfixiarla. Han convertido al ciudadano deseoso de ser legal en un bicho raro y medio suicida: En España triunfa el latrocinio y la huida de la legalidad. No será fácil pedirnos que volvamos, porque el Estado entero se ha hecho servidor de esos ladrones. Están apretando y ahogando al pueblo en un sindiós de arbitrios.

Yo ya he empezado a remontarme a dioses anteriores a los de estos ganapanes que me están queriendo imponer una religión, la del dinero, que no es la mía ni la de nadie en su sano juicio que yo conozca. Claro, por eso no tengo tantos amigos como quisiera...

Andrés Holgado Maestre. Agosto y Mérida, 2013
http://extremenian.blogspot.com