martes, 9 de agosto de 2011

Piedras y Ladrillo. Diferencias.

 



Aprovechar las desventajas.
Acabo de regresar de un pequeño viaje que como siempre he procurado que sea de negocios y de placer a una pequeña capital europea llamada La Haya, en la que reside parte del sistema institucional holandés, e incluso internacional, como el Tribunal que lleva su nombre. Y siempre me gusta mirar el suelo por donde piso, por lo que a veces observo cosas que pueden resultar chocantes: La mayor parte de los pavimentos urbanos en Europa, de Madrid a Munich o Brno, pasando por Milán o París, están elaborados utilizando piedra, los famosos adoquines, generalmente de granito. En Portugal usan mucho unas piedras más blancas y medio areniscas (ya me perdonaran los especialistas) y en Estados Unidos se usan bastante más diversas soluciones de pavimentos tipo hormigones construidos in situ. En La Haya, en cambio, con un clima proclive a la lluvia casi permanente y a unos porcentajes de humedad ambiental cercanos al cien, en cambio, se utilizan ladrillos, engarzados de costado, que forman pavimentos preciosos, en prácticamente todas las zonas nobles de la ciudad. Con lo fácil que parecen disgregarse los ladrillos de la vieja arcilla en nuestra tierra, cuando el agua los ataca...
No quiero abrir este artículo a una defensa de las ventajas comparativas frente a las ventajas competitivas que tanta literatura han producido en las teorías económicas, desde Ricardo a Friedman, y que en nuestra propia Extremadura pudieran estar en pleno proceso de revisión. Doctores tiene la ley. Yo solamente miro el suelo por donde piso... y quiero hablar de como los pueblos tienen que aprovechar sus desventajas. (Las ventajas ya tienden a aprovecharse solas...) y por eso hablaré de los adoquines y los ladrillos:
Holanda, los Países Bajos propiamente, son algo más pequeños que Extremadura y tienen una población cercana a los 17 millones de habitantes, en un terreno pantanoso donde aprovechar cada hectárea ha supuesto un desafío contra la naturaleza desde que esas tierras se poblaran. La permanente tarea de construir diques y canales y dragarlos de manera casi permanente para contener y encauzar a las aguas, ha resultado en que su principal materia prima, en cantidad, sea... el barro. 
Hace años supe, para mi sorpresa, que una de las principales exportaciones de Holanda hacia Arabia Saudita era precisamente arena. Arena para hacer hormigón pues la arena del desierto no sirve para ese fin. Holanda ha conseguido convertir su desventaja, los lodazales, en una ventaja competitiva. Usando la experiencia y la ciencia, han convertido esas arcillas en unos ladrillos compactos y casi vítreos, con los que pavimentar sus calles a medida que iban liberando terreno de las aguas.
Construir calles a base de adoquines me parece una forma destructiva en la que una realidad natural salvaje, la piedra, se convierte en algo nuevo y más humano, el adoquín que ya los romanos usaron. En cambio, hacer las calles con ladrillo aparece como un proceso de reconstrucción a partir de un material informe, para hacer piezas llenas de sentido humano. Es una construcción pura a partir del caos originario que es el barro. Es similar al trabajo del “creador” del hombre que salió del barro. Es una diferencia notable que se da entre la gente holandesa y las de otras zonas del mundo.
Están más acostumbrados a sacar de la naturaleza aquello que necesiten para vivir y mucho más conscientes de que construir es mejor que destruir. Su riqueza proviene, en última instancia, de esa capacidad para convertir el barro en material de construcción y luego, convertir esos mismos ladrillos en “geist”, en el espíritu que se muestra en su enorme producción filosófica y cultural, desde Erasmo o Rembrandt a tantos otros pilares de la cultura universal.
Nuestro más universal gobernante, Carlos I, alli nació y aquí vino a morir, y eso nos da una relación que aunque hoy pueda parecer tenue, es imperecedera. Tendríamos que desarrollar aún más esa capacidad creativa que los holandeses, y nosotros, tenemos.
Por ejemplo, aquí también se sabe trabajar el barro, sin duda, pero algo de ese valor intrínseco que la piedra tiene se nos pierde cuando la usamos para hacer pavimentos... Y muchos otros fragmentos grandes de granito, que hoy están desperdigados en las escombreras, que pudieran tener un mejor uso y un mayor valor espiritual, usándolos, con un trabajo de selección y elaboración mínima, como monolitos rotundos y trágicos que pudieran marcar los lugares de las horribles tragedias por las que hemos pasado aquí y que aún no están bien superadas.
Un sencillo monolito con una placa podría ser un recuerdo que mitigara tanto olvido injusto.
Andrés Holgado Maestre. Sociólogo
En Mérida (España) y julio, 2011.
http://extremenian.blogspot.com